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Siempre se vuelve pero no del todo...(Segunda parte)


Era hora de cambiar de lugar, de ambiente  y de entorno.El desierto era el próximo destino, breve, pero destino al fin. Huacachina me recibió con un calor imponente, a unos diez minutos de la ciudad de Ica, es una pequeñísima población donde su único, e interesante, atractivo es el oasis que lleva su nombre. Al llegar lo primero que hice fue dejar mis tres mochilas en la oficina de la combi que me llevó de Paracas hasta ahí donde una señora no muy simpática me dijo que las podía poner en una esquina, al lado de las computadoras. Me cambié la camiseta, me puse las zapatillas y me fui a subir las montañas desérticas  y áridas que desde allí afloraban.

Una pareja tirada observando la laguna ( también se lo llama así al desierto), otros subiendo a un montículo pequeño de arena, un carro arenero a lo lejos andando y unas chicas intentando aprender sandboard ( como surf pero en la arena) eran parte del contexto  que decoraban el caluroso paisaje. Al cabo de una media hora ya estaba en la cima de la montaña observando el lejano horizonte que me mostraba aridez . Bajar no fue, claramente, tan duro como subir. En diez minutos, y mucho menos cansada, ya estaba sacándome la arena acumulada en las zapatillas a la orilla de la agradable laguna que sosegadamente transportaba a un hombre en su pequeña canoa. 

Ya no tenía mucho que ver y hacer en ese lugar con lo que decidí continuar viaje.Nazca sería mi próximo destino. Caminé hasta la salida y me puse a hacer dedo, también vi que había motos que iban hasta Ica pero ante la mirada fija y advertencia de una persona del lugar que me aconsejó no subir porque me podían robar, opté por esperar un taxi que pareciera poco más confiable ya que el dedo tampoco estaba funcionando. Al rato paró un auto y el hombre me dijo que iba al centro, me subí, me puse a charlar sobre cosas de la vida y del viaje y a los minutos me dejó en la ruta donde iba a hacer dedo. No me cobró. Agradecida me bajé y me quedé allí un momento. No tenía tantas ganas de hacer dedo con lo que después de esperar y no ver resultados agarré un colectivo. Negocié el precio y me puse a pensar mientras el bus seguía su marcha.  Al par de horas ya estaba en la casa del siguiente couch. Una casa muy humilde que albergaba a una familia con problemas pero con una madre con corazón y mejor intención que el flamante couch.

Unos cuatro días con altibajos fueron los que estuve ahí. Digo altibajos porque fueron sensaciones diferentes y diversas con lindos y malos momentos. Recorrí las ruinas que están cerca de la ciudad, los acueductos, las pirámides y algunas huellas de Nazca ( porque ni loca iba a pagar los ochenta dólares que cobran para verlas en treinta minutos con la avioneta). La madre del anfitrión fue mucho más atenta y humilde que el anfitrión.A la hora ya estábamos de nuevo en su casa y de ahí a la canchita de fútbol que está cerca para jugar al volley. Sí, jugamos al volley, o al menos nos pasamos la pelota en el aire durante un rato, y estuvo divertido.

A los dos días ya estaba en otro lugar. Hacer dedo desde ahí no fue tan complicado aunque claro que no fácil tampoco. Me dejó el taxista, que era familiar de la señora donde me quedé, y no me cobró. De ahí me fui en una combi  una hora más y me bajé, en el medio de la nada, en una ruta donde había un desvío. Esperé unos minutos y frenó un camión que me llevó más de tres horas hasta un pueblo ( mientras escucho una letra que dice "sin dolor no te haces feliz" y reniego porque acabo de perder casi la mitad de lo que había escrito gracias a lo mal que anda internet, lo vieja de mi laptop o la desconexión mía con la tecnología de blogger así que ahora voy a contar todo lo que había escrito de manera más breve y recuerdo que todo, o casi, tiene solución y eso trata de calmarme un poco). De ahí directo a Arequipa, directo es una forma de decir porque el viaje me llevó más de doce horas. Al llegar, me fui al hostel que me había recomendado un conocido y donde supuestamente me iban a alojar pero la persona nunca apareció y me tuve que ir cansada, con sueño, con hambre, con frío y con tres mochilas pesadas a buscar otro hostel. Che Lagarto fue el que encontré, que era el más económico pero no tanto y al que no recomiendo para nada: su atención, su limpieza, la gente que atiende, el ruido y la relación precio-servicio son algunas de las razones.

Allí sólo estuve un día. Era un lugar de paso. Tacna era el próximo destino. Me quedaban siete horas de distancia. Iba a ir a dedo pero no era la mejor opción teniendo en cuenta que salir del centro de la segunda ciudad peruana no era tarea tan fácil, así que decidí irme en colectivo. En el transcurso del camino me encontré a un venezolano que vivía allá desde hacía varios años y que, brevemente, me contó que en ese mismo lugar alguien lo había ayudado, en la terminal, cuando no tenía trabajo ni dinero con lo que estaba devolviendo algo de lo que le  habían dado. Así que me ayudó a llevar las mochilas del colectivo a la estación y a  encontrar la empresa más económica para que viajara, al parecer.

Llegué al destino muy cansada. Esperé unos cuarenta minutos porque mi couch, R, no estaba.Al rato llegó con otra chica que también se iba a alojar en su casa. Ese día fuimos a cenar y después nos mostró algo de la ciudad, aunque no mucho porque estaba muy cansada y con ganas de hacer pis así que al otro día nos hizo el tour a las afueras de la ciudad donde se había llevado a cabo la batalla con los chilenos.Al día siguiente fui con su amigo, S, a una ciudad costera cercana. Caminamos, comimos y sacamos fotos.

Al día siguiente ya me iba para entrar en un país al que nunca  le tuve mucha simpatía por diversas cuestiones. Me puse a hacer dedo al lado de la casa donde estaba pero no funcionó. Fui hasta la terminal y de ahí me tomé el colectivo, carisimo por ser una hora de viaje, algo así como cuatro dólares. Al llegar a Arica caminé con las mochilas, cansada, y empecé a buscar un lugar con wifi para ver si me había respondido el que me iba a hospedar.Ningún mensaje. No sabía donde iba a dormir. Iba de bar en bar, todo caro y la gente poco amable. Empecé a caminar buscando lugar y de repente noté que la gente empezaba a correr y gritaba, estaba histérica, los autos tocaban bocinas. No hice caso y seguí caminando. Pensé que ya se iba a pasar pero como no pasó pregunté que estaba pasando. " Corre, anda para arriba, al cerro, hay alerta de tsunami". En ese momento no entendí nada. Nunca había estado en un lugar, y menos recién llegada, con ese tipo de alerta. Las alarmas de los celulares empezaron a sonar, la sirena también. Ahí fue cuando me empecé a asustar. En mi mente me imaginaba durmiendo en el parque ese a donde todo el mundo iba corriendo. Pero algo pasó en el camino. Cuando iba subiendo me encontré con una pareja ( al principio pensé que era una chica y un chico pero no, eran dos chicas) a las que le comenté que no tenía donde ir y que no sabía qué hacer porque donde iba a preguntar no alojaban. Una de ellas trató de tranquilizarme diciéndome que eso había pasado antes y que al final no era nada. La otra estaba llorando porque su hija estaba en Santiago. El panorama no era muy esclarecedor. Seguí caminando y la que lloraba le dijo a la otra si me podía alojar en su casa por una noche. La otra dudó y después dijo que sí. En el camino me comentó que vivía con sus padres ( ahí pensé en retroceder). Al llegar le preguntó a ellos, y en ese momento, cuando le respondieron " Tu no sabei que no podei traer a nadie que no conocei a la casa", quise que me tragara la tierra pero no era oportuno ese pensamiento en esa situación. Me estaba por ir pero la otra chica me dijo que me quedara. Al final me quedé y no pasó nada. Con cara de poco amigo por parte de sus padres pasé igual. Dormí, costó pero dormí en una habitación con cama doble para mi sola. Mi presunción de la gente se había confirmado a medias.

Al otro día ya estaba haciendo dedo para irme. No quería estar más ahí. Un camión paró después de una media hora y me llevó varias horas. No sabía donde iba a dormir. El paró ahí, en el medio de la nada.Pregunté en un lugar, era más caro que un ojo de la cara. En el otro, eran los únicos dos que había, y me dijeron que no me podían hospedar porque no tenía baño adentro. Les dije que no me importaba eso, que quería descansar y que al otro día me iba temprano.No surgió efecto. La amabilidad brillaba por su ausencia. Me puse a hacer dedo de nuevo y al rato paró un camión, ya era tarde, necesitaba dormir en algún lugar. Me dejó en otro lugar donde no había nada y ahí pregunté en un restaurant. Tenían habitaciones, caras, pero peleé el precio.Ahí se me fue todo el efectivo.

Al día siguiente no me quedaba otra que salir a dedo nuevamente. Le pregunté a un camionero quien enseguida me dijo que me llevaba unos kilómetros, hasta un cruce hacia la frontera. Yo ya me quería ir del país. Al rato de estar en la estación de servicio paró una pareja que iba a San Pedro de Atacama. No dudé y me fui con ellos. En principio iba a ir a Calama, que está antes, pero esta era mejor opción. Al llegar allá empecé a buscar wifi para ver si estaba muy lejos de la frontera El Paso de Atacama pero no encontré en ningún lado sino era consumiendo y estaba sin efectivo y no aceptaban tarjetas. Había alguien con una camiseta argentina a quien le pregunté pero no fue de mucha ayuda. Así que decidí seguir caminando y pararon dos camiones. Eran paraguayos. En un rato oscurecía. Me subí y el viaje se hizo muy largo porque en la frontera demoramos mucho. El tipo me había dicho que no avisara que iba con el porque tenía que completar un papel. Pero al final no quedó otra y tampoco no me gusta mentir. Cuando el chileno me preguntó con quien viajaba él se hizo el sota y no respondió. Después tuvo que pagar un impuesto por ingresar al país con celular nuevo. Todo se demoró. Llegué a Argentina alrededor de las nueve de la noche, sin lugar donde dormir, para variar. No me preocupé tanto porque estaba en mi país, pensé erróneamente. No podía creer después de quince meses que había llegado. Fue una sensación extraña porque no sentí la hospitalidad que esperaba cuando quise quedarme en un lugar y pagar al día siguiente me dijeron que no. En otro lugar que pregunté, después de dudar y relojearme mucho, me dijeron que sí. Tenía cincuenta pesos y costaba cien. Así que no muy contenta me quedé porque no tenía otra alternativa. Al otro día fui al cajero y le pagué.

Susque es un pequeño pueblo al norte de Jujuy y a unas dos horas de la frontera. Sus calles son de tierra y no es un lugar muy turístico. Su gente no se caracteriza por la hospitalidad. La ciudad más cercana es Purnamarca, donde ya había estado antes y próximo destino de paso a donde fui con un taxista que no me cobró porque estuve esperando casi una hora a la orilla del pueblo y era dedo no remis. De ahí seguí bajando pero eso queda para otro post. Ya volví. No se hasta cuando porque ya llevo dos meses  y ya tengo ganas de seguir viajando. Ya me pica el bichito pero también estoy escribiendo el libro. Sí, esto no queda acá nomas. Me falta aún recorrer mi país y me queda mucho mundo por ver, saborear, fotografiar, conocer y aprender.

La vuelta, aunque decir esta palabra significaría volver de forma permanente y creo que en la vida lo único que permanece es el cambio, quizás no es lo que me esperaba, o sí, a veces las cosas  no suceden como unas las planea, a veces mejor, otras peor. Las expectativas, aprendí, no son buenas. Pero hay cosas que no cambian nunca. Volver, de alguna manera, es volver a ver aquello que dejaste pero, quizás, de otro modo, con otros ojos, con otra mirada. Aprendí mucho en este viaje. Hubo mucha gente que me ayudó y a la que le agradezco. Hay gente buena y mala en todo el mundo.  Pasé momentos feos también, menos, pero eso es parte del viaje. Viajar te permite pensar de otro modo no sólo desde tu lado sino también desde el otro y sobre todo viajar hace que quieras seguir viajando y nunca dejar de hacerlo.



¿Por qué??

No recuerdo como continúa pero me gustó en ese momento que la saqué









En la pirámides de Nazca.


Batalla de Tacna



Eso comí con el couch en Tacna.
Jeroglífico  





Salina que está antes de llegar a Purnamarca, sacada desde el auto.


Pasando la salina.

En el desierto...

A las afueras de Tacna

Siempre hay que cruzar un puente












Cómo desarrollar la paciencia, léase resistencia, y no morir en el intento: meditación Vipassana



En los últimos diez días la palabra que más he escuchado hasta el cansancio fue “ecuanimidad”. También oí otra: “anitcha” y una frase: “Bhavatu Sabba Mangalam”, que simbolizan impermanencia y que todos los seres sean felices, respectivamente. Dhamma, que es iluminación, verdad, es una palabra muy importante y, del mismo modo, me tocó oírla más de una vez. Me quedó claro que significaba.

Creo que a lo largo de mi vida, o en los últimos años, he desarrollado una cualidad que sabía que tenía pero no tan enraizada. La resistencia o el seguir luchando, intentando ante la falta de respuesta o resultados. Eso me pasó durante diez días. En realidad fueron doce pero diez fueron interminables, eternos y abominables días. Aunque todo no fue detestable ni ominoso pero por momentos parece haberse sido. No se trata de ninguna práctica ilegal, ni secta, ni rito, ni concentración del ejército ni cárcel. Meditación Vipassana está lejos de eso en cuanto al concepto real aunque en la práctica, al terminar cada día luego de una ardua y más que extensa jornada, el cuerpo transmite señales que indican que no está muy lejos de una de ellas.

La jornada diaria comienza a las cuatro de la mañana cuando simpáticamente te despiertan con el gong, que es una campana, haciéndolo  sonar varias veces por si te quedás dormida, y finaliza a las nueve de la noche luego de trece largas horas de meditación, interrumpidas por algunos recesos en el medio.
Había decidido ver, indagar y conocer este tipo de meditación cuando estuve en Cancún, hace poco más de un mes, donde había conocido una canadiense que me había dicho que la quería hacer. En ese momento busqué información y me pareció interesante, sin conocer mucho del tema. Sin embargo, el centro más cercano estaba a unas 22 horas de viaje de donde allá y ya había estado en ese lugar, Oaxaca, con lo que decidí que ese no era el momento adecuado para realizarla y que ya la haría cuando estuviera en Argentina. Y así fue.

Creo que conté los días, horas, minutos y segundos desde el primer día que llegué hasta el día en que me fui. Fueron doce días eternos. El primero, el miércoles, fue de bienvenida y “conocimiento” del lugar y lo escribo así porque nadie me mostró nada sino que lo descubrí, de algún modo, por mí misma. Ya cuando llegamos, me había encontrado con unas chicas en Brandsen y compartimos el remis, empezamos mal porque nos fuimos directamente  a los dormitorios. Creo que eso ya fue una señal, que no vi, que me indicaría como sería la estancia en el apacible lugar.

Entre cincuenta y sesenta personas terminaron el bendito curso, pero en el transcurso se escaparon algunos, varios. Cuatro mujeres y tres hombres no soportaron, por alguna no muy extraña razón, los horarios y estructura del mismo y abandonaron ante la insistencia de la gerente que no pude hacer nada para detenerlos.
La mayoría de los voluntarios, servidores, así se llama a los que ayudan en diferentes áreas sin percibir remuneración económica, y hasta el profesor eran extranjeros: polacos, estadounidense, chilenos (sobraban) y brasilero respectivamente. Argentino había uno solo y era parte del staff permanente del centro.

Sobre las reglas 

Lo primero que tenes que tener en claro cuando vas a un lugar como estos es que existen reglas y que, básicamente, hay que cumplirlas. Sin embargo, porque las reglas también están para romperlas, al segundo día ya intercambié alguna palabra con una chica que no paraba de hablarme y parecía más molesta y estresada que yo. Lo que no podés es tener contacto físico con otra persona, ya sea del mismo género o no. No podés tocar, abrazar o besar a otro ni hablar, aunque sí con el profesor y  la gerente para realizar consultas. Tenés que firmar un formulario donde decís que te comprometes, durante ese periodo, a no tener actividad sexual inadecuada, no matar ningún servir vivo, no robar, no mentir y abstenerse de tomar intoxicantes.

Sobre el lugar

El centro está a unos diez kilómetros de Brandsen, que  está a dos horas de capital. Para llegar allá se puede ir en tren desde Constitución, tomar el tren hasta Khorn y de ahí remis, que fue lo que yo hice. También hay un colectivo que te deja en la ruta y  hay que caminar 1, 7 kilómetros. El lugar en sí es tranquilo. Sería malo que no lo fuera. No quiero decir con esto que es lo mejor del sitio pero sí es lo que más destaco porque de no ser así no hubiera aguantado dos días.
Cuando entrás lo primero que ves es campo. En el folleto explicativo que mandaron por mail decía que en la entrada había una rueda blanca pero nunca la ví, ni al entrar ni al salir. El verde se expande a lo largo y ancho hasta dar con un comedor, la cocina y un baño de voluntarios, una sala amplia donde se medita, los dormitorios y la casa del profesor, un poco más atrás de estos. Todo está segregado, separado para mujeres y hombres: el comedor, los dormitorios, los baños y la sala de meditación. El césped está lo suficientemente diseñado y cuidado como delimitado por zonas donde se puede y no caminar.
Sobre mí y mi relación con la meditación
Desde el primer día ya tenía más dudas y preguntas que certezas y respuestas. Lo que sí tenía claro era que no me iba a poder concentrar tanto, por no decir nada. Y así fue. ¿Me servirá de algo esto? ¿Qué estoy haciendo acá? ¿La gente se puede concentrar? ¿No se aburren tanto tiempo con los ojos cerrados y  sentados de esa manera?¿No les duele la espalda?¿Realmente están concentrados o disimulan?¿ Para qué vine? Fueron algunas de las tantas preguntas que me formulé a lo largo de estos extensos días. Si puedo afirmar que si me quedé hasta el final del curso fue para contarlo, para saber realmente cómo era la experiencia y poder transmitirlo, sabiendo aún que no me iba a concentrar, aunque quisiera. Ya fui con muchas cosas en la cabeza y por resolver.
Durante la estadía, mi falta de concentración hizo que mi mente no parara de descansar y me mandara fotos y reportes que nunca le pedí. También me armaba películas e historias insólitas y de las que quería evadir, pero me hacía pensar en lo que se le daba la reverenda ganas a ella sin precisamente hacer lo que tenía que hacer, que era sentir la respiración, en la primera parte, y  sensaciones en cuerpo, en la segunda.
Había ido antes a algunos lugares a hacer yoga  donde después tenía una breve meditación de unos treinta minutos o algún centro donde hacían pero no más de una hora, pero esto fue como mucho unas tres veces. Esa había sido toda mi experiencia con la meditación, hasta ahora. Creo que ya puedo tacharla de mi lista de “Cosas para hacer antes de ser vieja”.

Sobre la comida
Como era esperado, carne de vaca o pollo no iba a encontrar, claro está. Verduras como lechuga, tomates, espinacas y remolacha se exponían diariamente en la mesa del comedor para que recogiéramos cuanto se pudiera y cuanto quedara ya que se podía repetir. Sopas de calabaza o acelga, que nunca fueron de mi agrado, también había todos los días al igual que arroz integral.  Cada día variaba la comida. Arroz, fideos con salsa de tomate, papa rellena, soufflé de verduras, polenta, pizza de varios sabores fueron algunas de las variedades que comí. Los postres, también veganos, nunca faltaban. La mayoría de ellos no tenían un aspecto demasiado interesante y menos aún sabroso para mí que soy carnívora pero si escuché comentarios al estilo “que rica está la comida” que no compartía pero en algunos casos hubo excepciones.

Algunas cuestiones básicas para entender un poco más sobre la práctica

 ¿Qué es Vipassana?
En la lengua Pali,  que es la que se hablaba en la época del Buda en la India, “passana” significa ver las cosas corrientes, con los ojos abiertos. “Vipassana” significa observar las cosas tal y como son, no como parecen ser. El concepto más práctico de la práctica, valga la redundancia, es penetrar a través de la verdad hasta llegar a la verdad última de la estructura mental y física. Al experimentar esta verdad (¿cómo sabemos que verdad?), aprendemos a dejar de reaccionar, a dejar de generar contaminaciones y las contaminaciones antiguas, o sankaras, van desapareciendo. Según esta doctrina, de esta manera nos liberamos de la desdicha y experimentamos la felicidad autentica.

¿Y cómo se practica? 
Esa es la parte más compleja y complicada, como en todas las cosas, porque la teoría es linda pero hay que ponerse a trabajar y duro porque de lo contrario no sirve de nada sola sino se practica y aquí está pues el asunto.
La práctica, la primera, consiste en meditar, que es ocuparse de nuestro ser interior, de nuestra respiración, acallar la mente y los pensamientos. Esto es meditar. La diferencia consiste en que esto se debe practicar todo el día. Se para en el desayuno, almuerzo y merienda y luego se continua.
En la otra parte se trata de sentir las sensaciones del cuerpo. Lo que vive, lo que siente nuestro cuerpo. Hay que experimentarlo para contarlo.

¿Para qué sirve?

Según S. N Goenka, el maestro de esta meditación a quien se lo escuchó con un curso grabado, algunos de los beneficios que esta práctica tiene son: purificar la mente, librarla de toda impureza del pasado y presente; no reaccionar intempestivamente ante algo que no nos gusta o que esperábamos otra cosa; sanar enfermedades sicosomáticas, estar más tranquila y en paz con una misma y con el resto, entre otros.

¿Quiénes la pueden practicar? 

Cualquier persona que no padezca una enfermedad mental aguda o física ( porque de lo contrario es imposible estar meditando durante trece horas). No se aconseja a quienes sufren algún trastorno, por razones obvias ni tampoco es sustituto de fármacos o medicina natural.

¿Tiene algún costo?

No, se mantienen de donaciones que dan los estudiantes nuevos y los antiguos. Tampoco tienen gasto de personal ya que todas las personas que cocinan, se encargan del mantenimiento, limpian, o de la promoción son voluntarios o servidores que se integran al lugar mediante solicitud previa.

Estudiantes escuchando palabras finales del curso en el comedor 
Foto: Dhama Sukhada


Casa de los profesores       
   Foto: Dhama Sukhada
                                                                           
Dormitorio de mujeres  
 Foto: Dhama Sukhada
                                                               
Sala de meditación
   Foto: Dhama Sukhada


 Página web.de El famoso gong.
Foto: Dhama Sukhada





Siempre se vuelve...pero no del todo ( Primera parte)


Es difícil volver a juntar ideas y escritura y más después de un tiempo bastante largo en que no se ha hecho. No me olvidé y tenía muchas ganas pero a veces pasan cosas. Estuve mucho tiempo sin internet y también con el cargador de la notebook roto. Es complicado sentarme frente a la computadora con tantas cosas que han pasado durante este tiempo y más aún si escribo contando mi vuelta. Si, ya estoy cerca de casa, ya estoy en Argentina. Aunque decir casa es una palabra estática,  poco flexible y no se aplica a la realidad, a mi realidad. Entonces digo que vuelvo, aunque aún no estoy en el punto de partida de este viaje que lleva más de quince meses. Siempre que una se va termina volviendo.

La realidad es que tengo un sinfín de sentimientos encontrados y no se por donde empezar para canalizar. Incertidumbre es el primero que se me viene la cabeza. Pero no es el único. Podría enumerar muchos, aunque no se si tiene sentido.

Y mientras me motivo escuchando "Te para tres", Ceratti me dice que no hay nada mejor que casa. Aunque aún tengo que saber el significado de esa palabra. En estos meses he tenido varias casas durante un corto período de tiempo, algunas más cómodas y amenas que otras pero casas al fin.

Como decía, tengo miles de sensaciones. Algunas no se si puedo o quiero descifrar. Son sensaciones raras, de alegría por estar en mi país, por un lado, e incógnita por otro. Hay lugares de los que no me podía ir, por algún motivo, pero sabía que tenía que hacerlo. Es como querer pero no querer al mismo tiempo.  Me ha pasado hace mucho tiempo y hace no tanto. Razones habrá.

"...Ama la libertad, siempre la llevaras dentro del corazón, te pueden corromper, te puedes olvidar pero ella siempre está...", mientras escucho esta canción recuerdo cada momento del viaje y como si fuese hecha para mí.

Un conjunto de sensaciones, emociones; una montaña rusa de conflictos; la mente que no se lleva bien con el corazón. Nunca se llevaron de acuerdo. Siempre hubo una pelea entre ellos. No se quien ganó, o gana,  pero nunca se llevaron bien. 

Es difícil sentirte identificada con el lugar a donde volvés, temporalmente, porque siempre que una viaja sabe que en un momento tiene que partir nuevamente. Es difícil tener un lugar, una casa. Un espacio de pertenencia y mucho más definitivo, esa palabra no está en mi diccionario. Lo mismo que "siempre", nunca supe bien que significaba porque nunca la apliqué. Es difícil acoplarte a la "nueva vieja vida" porque son trapos viejos que quedaron desparramados en un camino que ya recorriste y por el cual no querés volver a pasar. .Antes de volver, vas recordando los momentos inolvidables, las experiencias vividas, personas que no se olvidan y te vas preguntando si hace mucho qué pasó.

Antes de tomarme el avión desde Cancún, para volver, no sabía cuál iba a ser mi destino. En un principio el elegido era San Pablo, porque nunca había estado,  porque no me quedaba tan lejos y porque era el más económico. Pero cuando intenté sacar la visa ESTA, la visa que sacan los que tienen pasaporte europeo, porque necesitaba ir a Miami si o sí con un vuelo low cost, el sistema no me la hizo fácil, se me colgó, no sólo una sino dos veces y ya mi paciencia y tiempo  me dijeron que no insista. A partir de ahí entré en una especie de estrés. Todos los vuelos que veía y  recontra  veía eran caros y eran a Bogotá,  el más económico pero no me interesaba, a Centroamérica o a Lima. Al final, y después de estresarme varios días en busca de buenos precios y cercanía, opté por este último destino.  

Desde el momento que saqué el pasaje al instante en que subí al avión de regreso pasó un día. Fue corto, cortísimo, muy distinto a cuando estuve tratando de decidir para abaratar costos. El vuelo duró poco, unas cuatro horas, la hora prevista era a las 16 horas pero salió 15 minutos más tarde. En México todo siempre pasa más tarde de la hora que te dicen, incluso cuando te tenés que tomar una avión. Llegué a Bogotá  a alrededor de las 20 hs, que era el aeropuerto de tránsito, y allá tuve que esperar muuuchas horas, que se hicieron eternas. A las 3 am salió el otro vuelo, desayuno de por medio, con destino a Lima y se hizo más corto.

Ya había estado en Lima antes y la verdad es que no estaba tan motivada en volver y tampoco me había gustado tanto la capital peruana. Nunca me gustó repetir un destino. Siempre pensé, y lo sigo haciendo aunque alguna ciudad ya he repetido, que ese mismo tiempo y dinero lo podía aprovechar en conocer otro lugar.

Llegué alrededor de las 7 de la mañana de un viernes nublado. Hacía frío y estaba con sueño, lo primero que intenté hacer fue conectarme a internet. El aeropuerto sólo ofrecía de manera gratuita unos 30 minutos que en realidad eran 10 o 15 porque estaba super lento y cuando entrabas a una página ya se cortaba. Tenía dos contactos: uno que me había pasado  un conocido y que, de concretar, me esperaría hasta las 8 y 30 de la mañana, a donde no llegaba y tenía que avisar que no iba, y otro, que también me pasó el contacto la misma persona, que me había dado una dirección donde dormir esa noche. Busqué y al cabo de insistir con otro código para entrar a internet, dí con la dirección. Empecé a buscar maneras baratas para llegar al centro. Nadie sabía nada o tenían poco ánimos de informar, tal como me pasó cuando fui a preguntar a Información. La que atendió me dijo que no sabía, entonces después llamé, desde ahí mismo, a otro sector quien me dijo que sí había un bus directo pero que tardaba más de una hora y tenía que ir hasta la avenida, que no estaba tan cerca de ahí, a tomarlo. Para ese entonces me había encontrado un chileno, sí un chileno y poco simpático para variar,  que también tenía que ir a la misma zona. Después de unos minutos, aunque poco convencida, decido compartir el taxi con esta persona.

El se sienta en el asiento de adelante sin preguntar. El trayecto, que llevó alrededor de una hora, estuvo dominado por el silencio, con alguna charla insignificante en el medio. El se bajó apenas el taxi llegó al barrio de Miraflores pero yo tuve que llamar a la persona de contacto, que estaba durmiendo, para preguntarle donde era porque me había dado mal el número de la casa. Al cabo de unos cuantos minutos llegamos al lugar, el taxista ya estaba furioso y yo más. Bajó las mochilas y me quizo cobrar 5 soles más, casi 2 dólares, por "dar tantas vueltas". Obviamente que no se los pagué. Le dije que el me había dicho que sabía el lugar al momento de tomar el taxi, siempre dicen eso y nunca saben, y que eso no es argumento justo para cobrar más de la cuenta. El tipo insistía en que le tenía que pagar más y yo en que no. Además de eso, no tenía cambio. Lima no me había recibido del todo bien, eso sumado al mal clima que es habitual. Al cabo de un rato se da por vencido. La señora que me recibía, sin putearlo, le dijo que era un avivado y qué cómo me iba a cobrar demás. Ella tampoco terminaría siendo tan santa...

Entré al lugar, subí las mochilas. Era una casa vieja, amarilla y despintada. Se entraba por una puerta de madera, vieja, que no tenía llave, por la que podía saltar si quería. Un pequeño patio hacía de pasarela hacia la puerta principal de la casa, que también estaba desgastada. Mi temporal morada sería en el piso de arriba, con lo que subí la escalera y la señora me mostró la habitación. Mi primera impresión no fue la mejor: estaba vieja, con un televisor muy pequeño, (que nunca utilizo) una ventana grande y con la cortina caída, una cama de dos plazas con frazada y sábanas viejas, una cómoda también vieja de madera rústica que contenía en unos de sus cajones colillas de cigarros. El ventilador estaba de adorno, nunca supe si funcionaba, y el olor a humedad inundaba. Estuve un día. Creo que más no hubiese aguantado, ni a la dueña. Pero lo peor de todo era que no tenía cocina y también el baño que estaba en el patio y era compartido, aunque eso lo hubiera tolerado más que no poder cocinarme o calentar agua en el momento que quisiera.

"Lucía sabe, preguntale a ella", me respondía la anciana dueña del hostal/hospedaje cada vez que le preguntaba algo relacionado a internet, como por ejemplo la contraseña. Lucía es una chica argentina que vivía ahí y ella asociaba que porque éramos del mismo país podía resolver todas mis dudas/preguntas/interrogantes/reclamos. Pero no fue así. Al cabo de unas horas de estar allá, y de ducha y mini descanso, la conocí. Le habían rechazado el ingreso en Bogotá, porque probablemente no le cayó bien a la de migraciones y no le permitió el paso y por eso estaba allí, en Lima y en ese lugar.
La habitación costaba 10 soles, es decir 3, 5 dólares, o sea muy barata. Estaba sola, aunque al lado de la habitación de esta chica pero sola al fin y con cama doble, a pesar de todo lo que mencioné antes.

Ese día fue largo. Salí a comer y lo mejor que encontré fue una hamburguesa, papas fritas y gaseosa a unas cuadras de allí. El barrio Miraflores es uno de los más elegantes y costosos de la capital peruana. Pero la comida y la gente no eran tan elegantes. Comida chatarra o rápida por doquier y gente que no saluda abundaban por todas partes. Aunque eso no me importaba. Me importaba más estar cómoda en un lugar, aunque sabía que al otro día ya no estaría allí. Por eso me puse a buscar couch y enseguida me respondieron. Un chico que vivía con su madre, J, me dijo que sí me podía hospedar. Le solicité 2 días y eso fue lo que me quedé. En esos 2 días hicimos muchísimas cosas. Conocí otros rincones de la capital que antes no había visto. No me arrepentí de haber ido por segunda vez, en general no me arrepiento de nada, porque inspeccioné otros aspectos y probé otras comidas que antes no.

Al día siguiente quedamos en la plaza y nos encontramos ahí. Me estaba esperando con un montón de preguntas y con una sonrisa. Al cabo de responder algunas de sus dudas, caminamos en busca del bus. Unos minutos que se hicieron más largos de los que realmente fueron tomó el llegar a la parada del colectivo que no nos llevaría directo a su casa pero si hasta una calle y de ahí al taxi que sí nos dejaría en la casa. Su madre no estaba pero llegó al rato. Una señora bastante seria y de unos 46 años ingresó a la casa y, saludando muy por encima, se fué a la habitación. Unas horas después hizo la cena, no recuerdo bien pero fue algo con pollo. Y un rato después, de  probar el mate, que ella se negó de manera repulsiva y contundente a probar,  estaba durmiendo sobre un colchón inflable.

El sábado fue día de hacer cosas: paseo por el centro de la ciudad, degustación de comidas que antes no había probado, subida al cerro para ver la ciudad, ida al parque de las luces de agua, caminatas. Fué un día completo. Caminamos, vimos y probamos sabores. Al final del día ya estaba muy cansada pero había valido la pena.

Al día siguiente ya cambiaba de lugar. Paracas era el destino y unas siete horas me separaban. Me tomé un colectivo hasta un puente, que no recuerdo el nombre, y de ahí me quedé esperando un rato hasta que alguna amable persona frene con su vehículo. Al cabo de un rato, frena un camión. Iba a otro otro lugar pero me dejaba a una hora de mis destino.  Allá me estaría esperando un couch. Me deja en un pueblo feo, San Clemente, a unos minutos de Pisco. A los minutos frenó una moto que hacía de taxi y me dijo que me vaya de ese lugar porque era peligroso. Ante esa recomendación le hice caso. Me dejó a unos cincuenta metros de ahí. Espero un ratito y decido tomarme un taxi hasta Pisco, porque de ahí no iba directo. Cuando llegué me encontré con un colombiano, que también iba a Paracas, hablamos un poco y compartimos el taxi. Al llegar, él buscó alojamiento y yo me quedé en el negocio del couch, que alquilaba motos, y también administraba un hostel. Me sorprendió saber que la habitación donde dormiría era la guardería del lugar y una cama cucheta donde dormía él con el hermano. Allí estuve solo una noche. El durmió en otro lugar, claro.

A veces ir a una casa de couchsurfing es el lugar soñado y otras lo detesto. Hay gente que piensa que porque aloja a alguien tiene otros derechos y no es así, obviamente. Con esta persona puntualmente me pasó lo segundo. Sin propasarse o intentar algo directamente, trató, con palabras de hacerme creer algo que no iba a pasar.

Acá estaba antes de salir de Cancún.

Desierto de Huachachina, Perú.


Volviendo...



Nazca.






Sobre el verbo "dejar" mientras viajo


Leyendo diferentes cosas, publicaciones, viendo vídeos en TED y divagando en la inmensidad e inconmensurabilidad de internet  me encontré con uno de esos textos interesantes, porque es poco lo que se ve de interesante por internet. llamado "Escribir sin pensar" y que está basado en el libro "El gozo de escribir" de Natalia Goldbler.

Esto me pasa muy seguido, diría todo el tiempo,  perderme en el vacío de internet y, de vez en cuando, encontrar algo valioso. Hoy quiero hablar de un palabra, de un concepto, de una idea que me pasa cuando viajo. Que me pasa ahora.

Me llamó la atención algunos de los items que esta persona enumeraba, que contaba en este resumen. Leí algunos pero uno de ellos, aunque me pareció simple, no deja de ser interesante y sumamente aportativo (creo que acabo de inventar esta palabra) me gustó más para este momento.

La sugerencia que me gustó, me atrapó, me motivó a escribir fue: "Escribe sobre el dejar. Un divorcio, dejar un trabajo, etc". Decía su consejo y fué así que leyendo esto me pareció bien que hablar sobre el dejar sería bueno, y más ahora que llevo más de un año viajando.

Escribí en google para ver qué me decía sobre el concepto "dejar" y encontré esto:

1."Poner o colocar a una cosa en el lugar o de la manera que se desea, le corresponde o le conviene".

2. "Separarse o alejarse de una persona o cosa, temporal o definitivamente".

Y no da más posibles significados. Pero yo sí le encuentro  muchos más.


Foto de: snapwidget.com

Creo que el verbo "dejar" me persigue o yo lo persigo a él desde casi trece meses, fecha en que salí de Buenos Aires. Dejar, por unos meses, de ver a mi familia, a mi perra, a amigas, a parientes.

Dejar de dormir en la misma cama por un tiempo indefinido e incontrolado.

Dejar de ver los días similares o muy parecidos para pasar a ver la rutina del viajar. Dejar de soñar en viajar para viajar.

Dejar de bloquearme mentalmente  a la hora de empezar a escribir un texto para la maestría en Periodismo para bloquearme al momento de escribir un post sobre algo que me pasa mientras viajo.

Dejar, dejar, dejar. Puedo hablar de muchos "dejares". Como cuando dejo una casa donde me alojan y me estreso en encontrar otra por otros dos o tres días sabiendo que se repetirá el procedimiento anterior.

Entonces en el dejar están enmarcados diferentes significados y acciones al mismo tiempo. Y por eso mismo me llamó la atención ese verbo. Porque todo el tiempo estamos dejando, desde el momento que nos levantamos, cuando dejamos la cama hasta cuando nos volvemos a dormir.

Me hace acordar a otro verbo al cual asocio: decidir. Son casi sinónimos, de algún modo. Porque cuando decidís dejás de lado una cosa por otra.

Si alguien me preguntara en estos momentos que quisiera dejar para no llevar más, lo primero que se me viene a la mente son las mochilas. El peso de todos estos meses, y eso que regalé ropa y  libros, se ha notado mucho y sobre todo en mi espalda que me pasa facturas  permanentemente.

 Por el contrario, si quisieran saber que no quiero dejar, diría  los recuerdos, momentos y las experiencias vividas del viaje. Hablo de los buenos, que son muchos. No quiero dejar de recordar las anécdotas como cuando estuve enseñando inglés en la selva de Guatemala como voluntaria o de haber hablado más de tres horas italiano con dos chicos que eran pareja y que me trajeron a la vuelta de Chichen Itzá cuando estaba haciendo dedo a la salida de las ruinas.

 Foto de Pinterest: Francisca Araya Orellana  


Foto de Pinterest


Me resulta más fácil, más "flow", esta palabra está de moda y significa "dejarse llevar", escribir sobre conceptos, ideas, sentimientos encontrados que tengo,  que sobre relatos, diarios de viaje o consejos típicos . Dejarse llevar son dos palabras que me parecen opuestas si tenemos en cuenta el significado por separado de cada una de ellas. Dejar es separarse y llevar es mover, traer.  Entonces son antónimos,  las dos palabras juntas significan,  desde mi percepción, ir con la corriente, no pensar tanto,  Y eso es lo que no me pasa.

No me pasa porque siempre estoy pensando, analizando, viendo situaciones y decidiendo, el viaje en sí te lleva a eso. Pensar cuál va a hacer tu próximo paso.Y "dejarse llevar" es todo lo contrario, es que el río te lleve, es ir al compás de una canción que te gusta y que te relaja y que no te das cuenta cuando termina. Es no decidir sino que algo decida por vos. Es entregarse. Es conceder tu tiempo y tu cuerpo al universo. Y eso no me pasa. "Dejarse llevar" son dos palabras contradictorias.


Foto de Pinterest: Agus Gonzalez


Últimamente, más precisamente ayer, dejé un hostal donde hacía un intercambio: alojamiento y desayuno por trabajo de recepción. Sentí que lo dejé y así fue literalmente. Sentí que estaba haciendo algo que no quería, me sentía obligada a levantarme temprano y cumplir varias horas diarias, en la cual también podría escribir, pero no eran mías totalmente. No me sentía libre.

Creo que me identifico más con el dejar que con el opuesto. Experiencias, anécdotas, algún aprendizaje en estos meses de viajes. Sí, claramente me identifico con el verbo "dejar".  No hablo de dejar en el sentido de abandonar. No. Dejar algo. Momentáneamente. ¿ O a alguien? ¿A quien? Nadie nos pertenece ni yo le pertenezco a nadie, sólo podemos elegir. Mi naturaleza  inconformista y "seguí para adelante" me lo recuerda a diario.

 No por eso no dejo de pensar tampoco en que podría estar en ese otro lugar con esa gente, mi gente. Pero después recuerdo que estoy acá porque fue mi elección y que no tengo nada que reprocharme o culparme. Que nadie me debe nada ni yo le debo a nadie.

Y entonces viene otra expresión "dejar de ser". No quiero dejar de ser quien soy para complacer. Sí puedo ayudar, si así lo creo y me hace sentir mejor lo haré.

Tampoco dejo de pensar en cosas que me preocupan  y que tengo guardadas.

Si es algo que quiero dejar de hacer es de distraerme. Dejar de desconcentrarme para concentrarme en una sola cosa. Sí, me cuesta mucho eso pero lo voy a lograr.

A veces me pregunto cómo hacer para estar más inspirada pero es ahí justo cuando decido investigar en internet y pierdo, sobre todo, la concentración.  Dejar de divagar sería la expresión.

Y si hablo de algo que me cuesta es de esto: Dejar ir. Encontré en pinterest un cuadro que me gustó y sistematiza, de alguna manera, lo que me pasa:




Foto de: en drogas-no-gracias.com.


Cortar, terminar, soltar, decir adiós, finalizar, liberar-se, desatar-se. Que lindo pero que complicado. Es cuestión de dejar de pensar y hacer.


Lo que nadie cuenta en los blogs de viaje....




Es el momento en que no sabes qué camino tomar. para donde ir. Hay una pequeña decisión que tenés que tomar pero no lo haces. Algo muy adentro te paraliza, te obceca, te tortura y no te hace decidir. ¿ Qué es? ¿ Por qué pasa eso? Hasta ahora no he encontrado respuestas pero sí puedo decir que probablemente es porque no esté del todo convencida a decidirme por eso. A no cometer el mismo error o no pasar por la misma situación.

Es muy común que nos cuenten que podemos hacer o no dejar de hacer en un lugar. Qué es lo más lindo, recomendable o no para ver. Tips sobre cómo llevar poco equipaje, como gastar poco, como comer con poco dinero y como ahorrar más.

Lo que no es tan común de ver son las sensaciones y sentimientos que tenemos cuando viajamos o cuando paramos por un momento. O las sensaciones que nos dejan el no decidir por un camino concreto en un determinado momento.

Entonces es cuando me paralizo y no decido. Hay gente que dice que a veces es mejor no actuar cuando no se sabe. Otra, que es mejor hacer que no hacer. Yo, ahora mismo no sé. Por eso me pongo a escribir y quiero que las cosas fluyan, como un río.

Antes de llegar a este lugar "soñado" me imaginé un mundo de paisajes, de sensaciones, de sabores, colores, música, gente. Sobre todo sus playas paradisíacas, comidas, fiestas, gente de todo el mundo hacían inducir que sería el lugar ideal.

Lo mejor siempre es estar en el lugar. No imaginar. Para confirmar o negar las expectativas.Pero la realidad siempre muestra la cara real de las cosas, valga la redundancia. Me he encontrado a lo largo de este viaje con lugares soñados que no había soñado antes y lugares impensadamente distintos, por no decir malos, de los que había creado en mi mundo interno.

No digo que este decepcionada completamente pero sí esperaba algo distinto. No sé exactamente qué esperaba. Quizás una ciudad más pintorezca o con más cosas que hacer. O gente más...más... interesante.

He leído algunas cosas sobre lugares. Lo que nadie cuenta es por lo que se pasa mientras viajamos. No hablo de lo lindo, maravilloso y espectacular que es viajar. porque eso es fácil, que por supuesto son muchos momentos y en repetidas ocasiones he mencionado en otros posts como en grandes momentos . Hablo de los momentos críticos.  Porque como todo en la vida, existen. Y me parece bueno contarlo.

. Porque todo en este mundo es blanco y negro, no existe lo lindo sin lo feo y viceversa y ya se que hay un dicho que dice que pasará lo que uno alimenta más. No estoy alimentando lo malo o las cosas malas. simplemente quiero dejar claro que cuando viajas no todo es perfecto ( así como no lo es cuando no viajás), que seamos consciente de eso.

Con esto no quiero desanimar a nadie a que deje de viajar ni mucho menos, al contrario. Mi carrera periodística hace que no quiera dejar escapar la verdad y trasmitirla, que la gente conozca los dos lados de una realidad, las dos caras de una misma moneda. Sin profundizar en ninguna de ella aunque ahora hable más de una.

El hecho es que siempre estamos decidiendo, aún cuando creemos que no lo hacemos. Porque el no hacer nada también es una decisión. ¿ A qué voy con esto? A que estar en un lugar o en otro es por equis motivo, por lo tanto es una decisión.

Y la confusión a veces se origina por no decidir o decidir estar en un lugar y no estar completamente contenta. ¿ Se puede estar totalmente feliz en un lugar por un período largo?

Lo difícil de contar es el trance que hay en el momento en que se toman o no  esas decisiones. No se porque no se cuenta, pero sí se que cuando se decide por algo se pierde otra cosa al mismo tiempo y creo que esa es la parte más compleja. Esto lleva a que hay muchas veces donde hay indecisión y dudas y en ese momento no se sabe cual es el camino a seguir o cual es el camino correcto.

Otra cosa que se siente es la sensación de desapego y apego al mismo tiempo. Desapego porque todo el tiempo estás diciendo adiós, porque no llegás a conocer a nadie en profundidad o tener un sentimiento más fuerte, aunque  hay muchas personas con las que sigo teniendo contacto a través de redes sociales y quedamos en vernos en algún momento. Apego, porque a veces sucede que, por alguna razón, no quiera irme de algún lugar.

No es menos común la sensación de sentirme "rara", sí rara porque el lugar no termina de gustarme o por el entorno o por el color de la pared o el frío de la gente que lo habita. Pero esto es normal cuando viajás. No se puede estar siempre feliz. Es muy conocido un dicho que reza que no hacemos el viaje sino que el viaje nos hace a nosotros.

A veces sentís  que das más de lo que recibís, más allá de las trilladas frases que hablan de dar y no esperar recibir sino que todo vuelve. Hablo más bien de cuando hacés un trabajo a cambio de un hospedaje. Ahí es cuando te replanteás el seguir o no seguir, el decidir si vale la pena invertir tu tiempo en eso, qué podés obtener con eso que estás haciendo y muchas preguntas más.

Si es algo que me molesta es la gente abusiva.Que aprovecha de tu tiempo y empatía. No porque seas generosa o atenta significa que estés disponible siempre. El tiempo y la confianza valen oro y hay gente que parece o no quiere entenderlo.

A veces te topás con gente simplemente que no tolerás, tenés nada de química, creen sabérselo todo, hablan mucho, critican más y ayudan menos.Ahora ya trato de evitarla. No volver a verla o si la veo, porque viven o trabajan  en el mismo lugar, trato de minimizar la situación. Aunque no es tan simple a veces.

Más allá de esto siempre voy a animar, alentar e incentivar a la gente para que viaje, porque para mí es una de las mejores cosas que podemos hacer y la escuela más completa. En otro post voy a contar toodas las ventajas de viajar.

Pero ahora es momento de otro cosa. Mi mente y mi cuerpo me piden otra cosa. A veces mi mente no entiende lo que pasa; otras, mi cuerpo sólo le dice que pare. Entonces ahí es cuando comienza el conflicto que, a veces, parece eterno.





   Aunque a veces es más complejo de encontrarla, siempre, la respuesta está en uno mismo. A veces tardamos más, a veces menos. Pero siempre hay que buscar adentro y no en otro lugar.



  A veces es una sensación tan inexplicable que es difícil de transmitir, de contar, de traducir porque a veces el desalineo es con el mundo que me rodea. Es momentáneo, no es eterno. Después recuerdo que nosotros hacemos y decidimos, en muchos casos, qué hacer y qué no hacer.


Nadie puede vivir nuestra ni vivir la vida de nadie más.





El secreto para avanzar es comenzar.

Y sí.




A veces es necesario hacer un descanso, parar, pensar, y después seguir. A veces, simplemente, es necesario escuchar y sentir la respuesta que viene de adentro. Y si no llega en el momento que queremos, porque normalmente es así,  a tener paciencia y esperar.