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Autostop bajo las auroras: mi aventura por los países nórdicos en el mes más frío


Viajar a los países nórdicos siempre estuvo en mi lista de sueños, pero nunca imaginé que la experiencia sería tan intensa, desafiante y transformadora. Decidí aventurarme en pleno mes más frío del año, cuando Noruega y sus vecinos se cubren de un manto helado y las auroras boreales bailan en el cielo nocturno. Lo hice con mochila al hombro, una cartera y una valija no muy grande, y un espíritu decidido al autostop, dejando que la ruta me guiara. 

Hacer autostop en los países nórdicos (Noruega, Suecia, Finlandia y Dinamarca) durante el invierno es una de las experiencias más psicológicamente agotadoras para una viajera o viajero. Mientras que en los Balcanes o el sur de Europa levantar el pulgar puede generar una charla amistosa, a veces, en el norte, el viajero a menudo se encuentra con una mirada fija al frente y una aceleración constante.

¿Es crueldad o hay algo más profundo detrás de este "frío" comportamiento?

Algunos puntos a tener en cuenta aqui, despues de haber investigado esta actitud y tratar de entender su mala conducta: 

La "Ley de Jante" y la privacidad extrema

El concepto social de la Ley de Jante permea la cultura nórdica: "No pienses que eres especial ni que nadie te debe nada". En invierno, el espacio personal se vuelve sagrado. El coche no es solo un transporte, es un refugio térmico móvil. La verdad, en varios casos, hubo mucha rudeza y apatía. 

Para un nórdico, subir a un extraño a su "refugio" rompe una barrera de privacidad muy fuerte. No es que te odien; es que el concepto de invadir el espacio privado de alguien sin invitación es culturalmente ofensivo.

 El pragmatismo de la supervivencia: El factor seguridad

En invierno, las carreteras nórdicas son traicioneras. El hielo negro, la nieve acumulada y las pocas horas de luz o la oscuridad total en Laponia cambian la prioridad y el humor del conductor:

Frenado peligroso: Detener un vehículo en una carretera helada puede causar que el coche patine o que el vehículo que viene detrás no pueda frenar a tiempo. Muchos conductores no se detienen simplemente porque consideran que es peligroso para ambos.

Equipamiento: Los nórdicos son extremadamente preparados. Ver a alguien a la intemperie sin el equipo adecuado no siempre genera lástima, sino una percepción de "imprudencia". El pensamiento suele ser: "Si no estás preparado para este clima, no deberías estar aquí".

 La paradoja de la confianza social vs. la confianza individual

Los países nórdicos tienen los niveles de confianza social (hacia el gobierno y las instituciones) más altos del mundo, pero su confianza interpersonal con extraños es baja.

Silencio social: Existe un código no escrito de no molestar a los demás. Pedir un viaje se interpreta como una imposición de una carga social sobre el conductor, quien se siente "obligado" a romper su silencio y comodidad.

La "Hostilidad" como falta de contacto visual

Muchos autostopistas perciben hostilidad cuando los conductores evitan mirarles. En la cultura escandinava, evitar el contacto visual es una forma de cortesía: es una manera de no reconocer tu situación para no hacerte sentir mal por no poder ayudarte. Para el viajero, esto se siente como una deshumanización, pero para el local, es evitar una interacción social incómoda. Esto no lo entiendo en absoluto despues de haber estado una hora en el medio de la nada con - 17 grados, congelada, y sola. Cero empatia. 

 El impacto del aislamiento invernal

El invierno nórdico es largo y oscuro. Este fenómeno afecta el estado de ánimo, y se nota muuuucho. La gente tiende a estar más cerrada, centrada en llegar a su destino seguro y rápido. La calidez social suele guardarse para el interior de las casas (Hygge en Dinamarca o Kos en Noruega), no para la cuneta de una carretera a -15°C.





Consejos para romper el hielo (literalmente), pero puede fallar, lo digo por experiencia propia:

Si decidis intentarlo, las reglas cambian:

Apariencia de profesionalismo: No parezcas un "vagabundo". Debes lucir como un expedicionario con equipo de alta visibilidad. La falsa seguridad atrae seguridad.

Usa las gasolineras: En el norte, el pulgar en la carretera casi no funciona. Hablar cara a cara en una estación de servicio rompe la barrera del "extraño" y permite que vean que no eres una amenaza.

Luz propia: Si intentas que te vean en la oscuridad total sin reflectantes, serás ignorado por pura invisibilidad o por miedo a atropellarte.

La "hostilidad" nórdica en invierno no es un acto de malicia, aunque esto es lo que parece, sino un subproducto de una cultura que valora la autosuficiencia, la seguridad vial, la superficialidad, el egoismo,  y la privacidad absoluta. En un entorno donde el clima puede matarte, la prioridad es el orden, no la espontaneidad del viajero.

En otro blog contare acerca de la bonita experiencia de haber visitado uno de los paises donde se pueden apreciar las auroras boreales.


Hacer dedo puede ser una mala experiencia


Viajes de viajar literalmente tengo algunos, no se si muchos o pocos, porque el mundo es muy grande y queda mucho aún por ver. Pero lo que sí se es que hacía mucho que no la pasaba tan mal en un viaje haciendo dedo con un camionero.
Ese día no iba a ser fácil, salí de Santa Fé, y el colectivero, tal como le dije, me avisó donde me tenía que bajar: Santo Tomé. Lo que no me dijo fue que ahí nadie iba a parar y que tenía que caminar mucho para llegar a un peaje y la posibilidad de que alguien me llevara.
Entonces me bajé donde me dijo, fui al baño de la estación de servicio y empecé a caminar. Me detuve en el segundo semáforo, como me indicó un hombre al que le pregunté, y esperé y esperé. Nadie paró. Cargué sin ganas mis dos mochilas pesadas, que siempre me pregunto porque llevo tanta ropa, y caminé. Me cansé y paré. Nadie paró. Caminé un poco más y paró una camioneta-camión de una empresa, que no tuve la precaución de mirar el nombre ni la patente.  Subí y el tipo era “simpático” y me miraba. Me llevó hasta el peaje y al bajar me dijo si estaba apurada a lo que respondí que sí y me dijo que sino lo podíamos “pasar bien”. Le contesto que no y me dice si le doy un beso y el teléfono. Le digo que está equivocado y me bajo enojada.
Camino, levanto el dedo y enseguida paró un camión. Miré al pasar la patente y veo al tipo. No me agradó del todo pero tampoco me pareció un degenerado, como saberlo tendría que preguntarme, subí y crucé el peaje. Los que atendían me miraban como advirtiendo algo que no sabía que era. Sigo viaje con el tipo y me pregunta por mi nombre y alguna pavada más. Al cabo de un rato ya me puse incómoda. El tipo me miraba a cada rato. En un momento le pregunté si iba vacío o cargado, a lo que responde: “Yo voy cargado de leche”. Hice de cuenta como si no escuché nada. Creo que en ese momento lo tendría que haber mandado a la mierda. Después dijo que estaba lindo para hacer el amor, a lo que contesté  secamente que no. Pensé que la iba a cortar ahí, pero no. Después, y ya estaba muy enojada e incómoda, me preguntó si yo no culeaba como las otras mochileras a lo que respondo que no. Estaba en el medio de la nada y lloviendo. Yo lo quería reventar. El tipo, no se porque, llevaba dos cuchillos, uno más grande que otro. La última pregunta fue directamente si no iba a coger a lo que le dije secamente que no. Le dije que me bajara ahí y así fue. Me bajé y solo atiné, lamentablemente, a decirle que era un desubicado. Tampoco podía hacer mucho más. Tomé el número de la patente.  Todo lo que se, según dijo el tipo es que trabajaba en una planta de Santa Fé, que tenía 28 años, un hijo y la camiseta de Colón. Es un tipo morocho, con una colita en ese momento y de lentes. Sin dudas fue  uno de los peores recuerdos de viaje.  Ya no tengo muchas ganas de hacer dedo.
Por suerte, eso fue hace mucho tiempo, hace mas de diez años luego de eso creo que estuve bastante tiempo sin hacer autostop.


Turista en mi pais


Hace unos meses que no estoy viajando pero tampoco aterricé verdaderamente. Nunca se termina de aterrizar cuando los sueños están en otro sitio. Volver, ya sea de manera temporal o no, es una especie de no estar por completo en el lugar al que llegás.  Estar como turista en tu país, en la ciudad donde estuviste viviendo es circular sin tener un lugar fijo. Es recorrer museos y verlos con otros ojos, salir a la calle y pensar que estás en otro país, es, de algún modo, creerse una mentira.
Sentirse turista en tu país es saber que no vas a tener un lugar fijo por un tiempo por culpa de los altos precios que ponen los dueños de departamentos o de quienes alquilan habitaciones o el lugar que sea que lo único que no te piden por el momento es un análisis de ADN; es deambular de acá para allá sin rumbo fijo y sintiéndote nómade en tu propio país, aunque desconocido. Es saberlo y creerlo porque no hay otra opción, porque en Buenos Aires se pueden hacer muchas cosas gratis e interesantes pero otras, como alquilar un lugar privado y estar en paz, no es nada fácil.
Hostels caros, algunos sucios, con gente maleducada e irrespetuosa ha sido ultimamente la morada obligada en una ciudad donde la furia se visualiza cada vez más y en cada rincón.
Sentirse turista es estar en unos de estos lugares y escuchar a un mexicano diciendo "wey", a un brasilero hablar de fútbol, a un venezolano roncar como un hipopótamo y que no te deje dormir o a un africano que trabaja como recepcionista en el turno nocturno durante ocho horas y cobra 250 pesos en un hostel judío.  Sentirse turista es saber que te acostás a las dos de la mañana pero quizás te dormís muchas horas después, o quizás nunca. 
Sentirse turista es buscar un lugar todo el tiempo, buscar  mi lugar, mi tranquilidad, mi espacio y saber, y tratar de comprender no digo aceptar, que es un tarea ardua y dura.
Sentirse turista es soportar la mala onda ( en algunos casos ) de los porteños y seguir como si no pasa nada y responder de una manera elegante, con educacón.
Sentirse turista es saber que los precios van a aumentar, siempre, en " temporada alta", es decir en las vacaciones y que no te queda otra opción que aceptarlo o irte.
Sentirse turista es saber que el caos siempre va a estar: en la calle con las bocinas de los autos, motos y camionetas; en el subte con la multitud que presiona como si fuera ganado y parece que perdiera el último tren si no lo toma; en las colas del supermercado, del cajero, del médico, del odontólogo y hasta para pagar alguna factura ( pareciera que a la gente le encanta hacer cola); esperando el colectivo y después viajar de manera apretada, parada y rozándote con alguien.
Sentirse turista es saber que el acento de la gente local es el mismo pero una ya no; que la cordialidad, amabilidad, educación y respeto, en muchos casos, quedaron en la historia.
Sentirse turista es saber que la gente que estaba antes ahora quizás esté en otros temas, en otra cosa, en otra onda o no esté.
Sentirse turista es saber que las cosas son así, pero vaya a saber porqué, pueden cambiar; que las reglas existen pero nadie las respeta; que gana el más fuerte o el que putea; que los autos pasan antes que las personas en una senda peotonal; que tenés que correr cuando el semáforo está en rojo porque apenas cambia el auto no se detiene.
Sentirse turista es saber que el café en un hostel puede estar frío y que nadie lo va a calentar; que los horarios de entrada y salida son una pésima y obligatoria marca registrada; que las normas no se cumplen y que el cigarro puede estar.
Sentirse turista es ir a arreglar un teléfono, que te atienda un venezolano y te diga que para el día siguiente va a estar solucionado o que te avisa si no está y que nunca te llame y que pase una semana y no tengas ni el celular ni nada.
Sentirse turista también es ir a ver obras gratuitas, a la gorra o baratas; ir al cine o ver un espectáculo gratuito, u otra oferta cultural, en la calle. Lo bueno de Buenos Aires.
Sentirse turista en tu país es, a veces, saber que hablas el mismo idioma pero nadie te entiende.