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Distintas formas de trabajar y ahorrar mientras viajás Siempre me preguntaron y, al día de hoy me sigue pasando, cómo me sustentaba mientr...
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Chipre: qué se sabe de esta isla
Hacer dedo puede ser una mala experiencia
Viajes de viajar literalmente tengo algunos, no se si muchos o pocos, porque el mundo es muy grande y queda mucho aún por ver. Pero lo que sí se es que hacía mucho que no la pasaba tan mal en un viaje haciendo dedo con un camionero.
Ese día no iba a ser fácil, salí de Santa Fé, y el colectivero, tal como le dije, me avisó donde me tenía que bajar: Santo Tomé. Lo que no me dijo fue que ahí nadie iba a parar y que tenía que caminar mucho para llegar a un peaje y la posibilidad de que alguien me llevara.
Entonces me bajé donde me dijo, fui al baño de la estación de servicio y empecé a caminar. Me detuve en el segundo semáforo, como me indicó un hombre al que le pregunté, y esperé y esperé. Nadie paró. Cargué sin ganas mis dos mochilas pesadas, que siempre me pregunto porque llevo tanta ropa, y caminé. Me cansé y paré. Nadie paró. Caminé un poco más y paró una camioneta-camión de una empresa, que no tuve la precaución de mirar el nombre ni la patente. Subí y el tipo era “simpático” y me miraba. Me llevó hasta el peaje y al bajar me dijo si estaba apurada a lo que respondí que sí y me dijo que sino lo podíamos “pasar bien”. Le contesto que no y me dice si le doy un beso y el teléfono. Le digo que está equivocado y me bajo enojada.
Camino, levanto el dedo y enseguida paró un camión. Miré al pasar la patente y veo al tipo. No me agradó del todo pero tampoco me pareció un degenerado, como saberlo tendría que preguntarme, subí y crucé el peaje. Los que atendían me miraban como advirtiendo algo que no sabía que era. Sigo viaje con el tipo y me pregunta por mi nombre y alguna pavada más. Al cabo de un rato ya me puse incómoda. El tipo me miraba a cada rato. En un momento le pregunté si iba vacío o cargado, a lo que responde: “Yo voy cargado de leche”. Hice de cuenta como si no escuché nada. Creo que en ese momento lo tendría que haber mandado a la mierda. Después dijo que estaba lindo para hacer el amor, a lo que contesté secamente que no. Pensé que la iba a cortar ahí, pero no. Después, y ya estaba muy enojada e incómoda, me preguntó si yo no culeaba como las otras mochileras a lo que respondo que no. Estaba en el medio de la nada y lloviendo. Yo lo quería reventar. El tipo, no se porque, llevaba dos cuchillos, uno más grande que otro. La última pregunta fue directamente si no iba a coger a lo que le dije secamente que no. Le dije que me bajara ahí y así fue. Me bajé y solo atiné, lamentablemente, a decirle que era un desubicado. Tampoco podía hacer mucho más. Tomé el número de la patente. Todo lo que se, según dijo el tipo es que trabajaba en una planta de Santa Fé, que tenía 28 años, un hijo y la camiseta de Colón. Es un tipo morocho, con una colita en ese momento y de lentes. Sin dudas fue uno de los peores recuerdos de viaje. Ya no tengo muchas ganas de hacer dedo.
Radiografía de un país caliente
Hay momentos, emociones, sensaciones, situaciones que muchas veces nos superan y no sabemos ni podemos ni queremos expresarlas con palabras porque simplemente no nos sale, porque lo que acontece sobrepasa la verbalidad. Por eso que necesitamos escribir, o necesito, cuando me pasa eso. Un ejemplo es con el deceso de Maradona. Me vienen a la mente un sinfín de pensamientos diversos y contradictorios al mismo tiempo. No quiero decir lo ya conocido, lo innegable, su popularidad, su inigual juego dentro de una cancha de fútbol, su prestigioso pie y bolea y todo lo que se ocurra jugando al fútbol pero y de la vida privada qué? es necesario hablar o no. ¿Por qué cómo hacer para no separar? Para decir que era alguien perfecto cuando no lo era. Pero ahora no hablamos de esto sino de la conmoción, de lo que no se puede expresar porque tantas veces viajando al decir de dónde venía lo primero que decían era su nombre, porque tal vez no conocían donde estaba Argentina pero sí quién era Maradona o Messi.
Esa sensación de grandeza que llega a todo el mundo, que no discrimina religión ni sexo ni edad. Pero eso ya pasó y si bien me tocó de cerca, porque estoy en el mismo país donde lo consideran, al igual que en Argentina, Dios. Lo que puedo decir es que era humano, aunque con la pelota no parecía, porque cometía errores como muchxs. Quizás tenía la virtud, tan poco común por estos tiempos, de la honestidad y de ir de frente. Pero ahora no quiero hablar de Maradona.
Ahora quiero hablar de la estupidez humana, que es mundial. De cuando la gente no habla con sinceridad o cuando oculta y esto no discrima países. Una de las cosas que me gustan de Italia es esto. La estupidez de la gente, el hecho de que se pueden permitir hacerte esperar o hablarte mal, esto sobre todo en las oficinas gubernamentales, donde no tienen respeto alguna por la gente, donde siempre tenés que acatar sus órdenes y tenés que llamar cientos y ciento de veces para saber cuál es el estado de un trámite, que deberían hacer ellxs.
Argentina tiene mucha similitud con Italia. La forma de ser de la gente, aunque encuentro a veces más ruda, mal educada y hóstil a la gente del país mediterráneo; lo modismos, la forma de hablar, el acento ,la cultura y el amor por las mujeres y el fútbol. Porque si algo tienen los italianos, hombres, es que son muy mujeriegos y vendehumos. Y, por supuesto, como en todo país, cambia mucho el humor, caracter y trato de la gente y el clima. En el sur, la gente grita aún más. Parece que estuviera enojada. Habla mal, no escucha. No respetan a lxs peatones y tocan bocina todo el tiempo por cualquier cosa. En la capital, son más o menos así pero gritan un poco menos y hablan el "romano". La gente del norte es más hosca y parca. Cumple, en general, un poco más lo que promete, y dicen, trabaja más.
No todo es malo. De bueno, se puede rescatar la comida, no hablo de la pizza porque no es una de mis comidas favoritas, sino la pasta, aunque la cocinan cruda para mi gusto. El vino no es malo.
Lo que se ha visto en este tiempo virulento es que la gente está más loca, agresiva y egoísta, sobre todo lo vi en este país. La empatía carece por su ausencia y se vio reemplazada por la falta de escrúpulos y el "hago lo que quiero" o el "vale todo". Los valores, bien gracias, vaya a saber si existieron.
Olvidate de que algo se haga tal como dicen. Cada comune, municipalidad, tiene sus propias "normas", se rige por como le sale, que muchas veces no es la mejor manera. También depende quien te atienda y cómo se haya levantado podés tener suerte o no, hacer una fila de horas y horas para que te digan que tenés que ir a otra oficina o llamar a tal lugar. No hay una regla exacta para nada. Y si hay se rompe, porque en este país las reglas están para eso y no existen ni tiempos ni precisiones para nada.
Algo que aprendí, pero que me cuesta mucho aún, es que en la vida hay que ser más egoísta, siempre una debe estar antes y que todo puede ser de una manera pero también puede ser de la otra. Que la resiliencia sirve y mucho porque la vida te lo exige, que ser diferente al resto es un beneficio, pero también una desventaja en un mundo hipócrita y materialista.
Cuando me encuentro con situaciones o personas adversas tiendo a preguntarme qué hice de mal o por qué otra vez me encuentro con lo mismo. ¿ Por qué me encuentro con gente idiota así porque sí, o el virus los volvió más idiotas aún? La gente es como es y cada quien con sus problemas, pero sí es verdad que cada país tiene su idiosincrasia y la gente forma de ser y ver las cosas.
Cuando me fui de Viterbo, a unos 100 kilometros aproximadamente de Roma, no estaba segura de que tomaría la mejor decisión. Tenía un instinto de que esa persona no era correcta o que había algo que no estaba bien. ¿Cómo lo noté? Porque no me respondía enseguida, sino a veces al otro día y ni siquiera pedía disculpas o saludaba y cuando le pregunté que pasaría si el test me daba positivo tampoco me contestó. Porque me obligó a hacer el test. Ese fue otro indicio, otra señal que ignoré. Y dejame decirte que las señales son por algo.
Llegué al aeropuerto de Catania alrededor de las 9 de la mañana, por segunda vez, la primera vez había ido acompañada, y la mujer esta del voluntariado, porque eso era lo que iba a hacer, me hizo esperarla como cinco horas. Ese mismo día, no antes, me avisó que tenía varias reuniones y que una, oh que generosa, a las 16.30 horas la había suspendido porque había llegado yo.
La conversación desde la ciudad hasta su casa, que fueron unos treinta o cuarenta minutos, no fue de lo más amena, me dijo que se estaba separando, critico a su futuro ex marido y me tiró alguna pálida de rebote. Al llegar el hijo estaba en pánico por si tenía el virus, me miraba de lejos y de reojo, las comidas eran uno en cada punta de la mesa y había una tensión que hasta podía cortar la carta. Ya ese mismo día me dije a mi misma que no había tomado la decisión correcta y que tendría que haberle hecho caso a las señales. Pero ya estaba ahí.
Los primeros dos días dormí en la roulete, caravana, y sentía el ruido de las plantas que se movían a la noche por el viento contra la parte trasera de la misma y me despertaban. Al día siguiente, después de haberme hecho el test, me fui a la habitación de la casa, previamente la acomodé porque era un desastre. Sólo estuve una noche ahí. Al otro día me fui. Le dije que no me sentía cómoda, que no sabía que hacer, ni siquiera cocinaba o me preguntaba si estaba todo bien, así que le dije eso y lo único que me preguntó fue qué había hecho y si me quería ir. Nunca quizo acomodar o arreglar las cosas. Yo me había tomado un avión, había dejado muchas cosas detrás para eso, para estar tres días y pasarla mal. Sentí que era una de las peores decisiones, pero esto ya está y las cosas y hechos no vuelven atrás.
Me llevó hasta la estación de trenes y volví al punto de llegada, ahí me fui a un hostel. De Guatemala a guatepeor.
Me mudé de un lugar, entre otras cosas, porque había mucho ruído, la ventana daba a la avenida y hasta la tarde se sentía el ruido de los autos. Después de no haber salido bien otra cosa, me meto en otro lugar que la ventana da a la calle. Los ruidos me presiguen, mientras escucho y quiero taparlos con lo que dice. Pero hay otros ruidos que no se pueden tapar.





